lunes, 31 de agosto de 2015

Guns save lives

No iba a escribir ahora sobre esto, pero hace unos días ocurrió lo de los periodistas baleados en Virginia y el tema de las armas y los tiros volvió al centro de la escena en EEUU. Como lo viene haciendo espasmódica y periódicamente cada dos o tres meses desde que vivo aquí: con intensidad y brevedad, con discusiones castradas desde el comienzo y con toda la puerilidad con que en este país se discuten algunos temas.
Se calcula que en este país hay entre 290 y 320 millones de armas. Atenti: entre 0.9 a 1 arma por habitante. Obvio, el promedio no es el mejor estadístico para el caso: hay gente con muchas armas y otras con ninguna. Pero lo que importa es el número global, que es indicador de otra cosa: la pasión gringa por las armas y la facilidad pasmosa con que se accede a ellas. Literalmente: cualquiera accede a un arma, sin demasiados controles. Y, por supuesto, hay detrás de todo este gran negocio un lobby ( La NRA, asociación nacional del rifle, que impide los controles, que se niega a que haya un registro de tenedores de armas) y un discurso muy potente que hace que millones de gringos crean que tener un arma es una forma de vivir más seguros. O que crean que poder comprar armas es una forma de la libertad. O que la constitución se hizo para que ellos puedan tener un fusil a repetición. En fin, las estadísticas (de acá, no de otro lado) indican que 1) más del 99% de los tipos que tienen armas no pueden utilizarlas cuando llega ese asalto o robo de sus fantasías cinematográficas, 2) que si las usan, en realidad incrementan el riesgo de vida de ellos mismos y sus familias, 3) que otros países con iguales índices de desarrollo que EEUU (Europeos, Australia, Canadá, por decir algunos) tienen tasas de homicidio varias veces mas bajas que EEUU, 4) que EEUU tiene tasas de homicidios comparables con algunos países de América Latina (Argentina, Uruguay, por ejemplo, mas o menos 5 cada 100.000 habitantes, 5) que el numero de accidentes por armas de fuego es altísimo también, 6) esto no es estadística, pero están dando una imagen tremenda ante el mundo y parece chuparles un huevo.
La famosa excusa constitucional se basa en la segunda enmienda, del famoso Bill of Rights (carta de derechos), que daba derecho a los habitantes a portar y usar armas, como una defensa contra eventuales agresores externos o ante la opresión del Estado. El detalle es que la famosa enmienda es de 1792, un tiempo distante de un país joven y débil, que se veía amenazado por todas partes. Hoy, siendo la primera potencia militar del mundo con casi la mitad del gasto militar mundial, todo esto se vuelve ridículo, para todos menos para los gringos, claro.

Seguiré con este tema, contando algunas experiencias particulares.

Si alguien tiene ganas de escucharme, hace unos días unos amigos de Radio Nacional Neuquén me llamaron para hacerme una nota y hablar un poco de este tema: link

lunes, 17 de agosto de 2015

Freedom isn’t free II



Eso que escribí en el post anterior no es una idea mía, lo dijo o lo escribió el general Fred Weyand, último comandante americano en Vietnam: “El ejército americano es realmente un ejército popular en el sentido de que pertenece al pueblo americano… Cuándo el ejército está comprometido, el pueblo Americano está comprometido; cuando el pueblo Americano pierde su compromiso, es inútil intentar mantener al ejército comprometido ” (“The american army is really a people’s army in the sense that it belongs to the american people…when the army is commited, the american people is commited, when the american people loose their commitment, it is futile to try to keep the army committed”, la traduccion es mia).
En la sentencia, que es muy concreta y con la cual con seguridad yo coincido, se produce un interesante juegueteo e inversión de la causa en efecto y del efecto en causa: primero el ejército (digamos el gobierno, digamos las corporaciones que digitan estas cuestiones) es el que logra el compromiso del pueblo con la guerra, después el pueblo pierde el compromiso, arrastrando al ejército. Es interesante por esto: el pueblo americano no impulsa las guerras, las acepta, pasivamente tal vez al principio, activamente después, en la medida en que se convierten en una cuestión que exalta su chauvinismo, su mesianismo, hasta su mera y elemental arrogancia. En todo caso, luego, puede desentenderse, no acompañar, lo cual es también un proceso activo. Lo interesante en todo caso es entender por qué podría dejar de acompañarlas, y ahí existen una serie de visiones un tanto erróneas. La idea de que el pueblo Americano es mayoritariamente enemigo de la guerra, mayoritariamente pacifista, es una fantasía con la que a veces nosotros (los no-gringos) logramos tranquilizarnos y conciliar el sueño. Pero es falsa. El pacifismo como movimiento activo (cuyo estereotipo es el movimiento hippie) es una verdadera minucia, no existe más que como excentricidad. El pacifismo pasivo, como se sabe, es aquel que está a favor de una abstracta paz hasta que se asusta o se enoja o encuentra alguna fácil excusa para justificar la guerra y volverse un “guerrerista pasivo”: el que no dice nada, observa sin opinar, ni festeja ni sufre por la guerra. Ese ser pasivo, que por pasivo justamente es el mejor aliado de la guerra, es el Americano promedio. Después existen los guerreristas activos, los que se golpean el pecho y gritan don’t fuck with the USA, los verdaderos hijos espirituales de la nación imperial. Son una minoría, pero una minoría muchísimo más grande que la de los pacifistas activos, enormemente más grande.
Ya sé, alguno me vendrá con el movimiento de resistencia a Vietnam, la resistencia de los hippies y los universitarios, la agitación de los 60 que se volvió tumulto y violencia en los 70. Pero siempre fueron minorías. Hasta que las cifras de muertos empezaron a ascender a valores que ya no eran tan “populares”. Hasta que el juego de la guerra se hizo tan largo y tan caro en vidas (bueno, si comparamos las 60.000 bajas gringas con los dos millones y picos de vietnamitas que murieron en la guerra, sería una ganga) que mucha gente se hizo pacifista. Y sobre todo, se resignó a que no iban a ganar la guerra. Por eso nunca hubo un verdadero movimiento masivo por la paz. Lo que hubo fue miedo a morir, miedo a no ganar, cansancio con la guerra. Eso fue Vietnam.
Y ya seguiré con esto, pero los dejo con una frasecita de Westmoreland, el general que tuvo el comando de la guerra durante la mayor parte de ella: “La lección a aprender es que nunca se debe enviar a jóvenes a la guerra a no ser que haya un país respaldándolos”. Vaya si la aprendieron.



martes, 11 de agosto de 2015

Freedom isn’t free




El título de este post (freedom isn’t free = la libertad no es gratis) es el slogan más popular que se escucha para congratular las aventuras militares gringas. Con eso se pretende decir: nuestros soldados defienden, mediante la guerra, nuestra libertad. Creo que será difícil encontrar alguien fuera de los Estados Unidos que pueda adscribir a este disparate, pero entre gran parte (¿una mayoría?) de la población local la fórmula parece funcionar muy bien. Por otro lado, está perfectamente claro que no es gratis: EEUU posee un gasto militar que supera holgadamente al de todos los demás miembros del consejo de seguridad de la ONU sumados, convirtiéndolo en responsable de más del 40% del gasto militar mundial. Eso es mucha plata: alrededor del 3.5% del PBI del país, más o menos 480 mil millones de dólares, dólar más, dólar menos. Compárese eso con, por ejemplo, el PBI de ciertos países, y se verá la desproporción. Claro, no es necesario estar en EEUU para saber eso, pero lo que a mi realmente me interesa en este post es contar como se vive y se siente eso en los Estados Unidos.
Hay que decir que el ejército de los Estados Unidos es un ejército “popular”. Y siento que cuando digo esto alguien puede pegar la reculada y pensar que me rallé, sobre todo porque la idea de ejército popular que tenemos en general suele ser otra: pensamos en los ejércitos de base popular, campesina y trabajadora, que en general participaron en gestas de liberación. Este no es popular en ese sentido –por el contrario es profesional, bien pago, e imperialista, un ejército profesional imperialista.  Pero es popular en el sentido que le suene dar a ese término los doblajes al español de las películas gringas: popular porque es amado y reverenciado por los habitantes de su país, porque tiene valoración positiva, porque es querido y motivo de orgullo. Para eso obviamente se necesita un gran cerco de prensa que oculte a las grandes masas –abismalmente burras- las tropelías que ese ejército comete, un patriotismo chauvinista de proporciones brutales, una buena dosis de paranoia y miedo, y, no menor, un aparato de propaganda enorme que se derrama con miles de mentiras por todos los rincones. Todo funciona.
Lo que en general no se percibe tan fácilmente desde afuera –al menos yo jamás lo hubiera imaginado así desde Argentina- es la presencia que tiene ese ejército en la vida cotidiana. Es raro andar por la calle y no cruzarse uno o varios militares de las diversas fuerzas perfectamente uniformado en cualquier lugar, pues así están, por obligación, la mayoría  del tiempo. Y es imposible no ver, en patentes, calcomanías, carteles, posters, remeras, gorras, el famoso “support our troop” , el ya mentado “freedom isn’t free” o los carteles identificatorios de los veteranos de las distintas guerras que, como imaginarán, abundan. A mí me ha tocado bajar de un avión y encontrarme con cientos de soldados uniformados y con mochila listos para abordar, quien sabe a qué punto del mundo a llevar sus misiones imperiales. O ver, como colmo y ejemplo del que alguna vez escribiré un post aparte, marines entrenando pibes de 10 años en un “juego” que consistía  en avanzar cuerpo a tierra, simular arrojar una granada, tirar y luego correr. Todo esto a plena luz del día, para que a nadie excepto a mí eso le pareciera una locura.




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Introduction

Después de pensarlo un tiempo, creo que el argumento más convincente para escribir acerca mi experiencia personal en los Estados Unidos es que sería muy estúpido no hacerlo. Entiendo que más temprano que tarde me lamentaré si no lo hago. Por lo demás, el único objetivo que persigo es dejar un testimonio personal -absolutamente personal, léase: de una subjetividad absoluta – de vivencias y experiencias, así como de pensamientos y reflexiones. A fin de sincerarme desde el minuto cero con el eventual lector de estas líneas, diré que mi opinión es la de una persona que toda su vida ha tenido una visión absolutamente crítica de los Estados Unidos. Un tipo de izquierda, digamos. Un tipo que cree que efectivamente el imperialismo existe y que este es un país imperial, cuyo efecto sobre el desarrollo histórico de otros países es distorsivo, pernicioso. Menciono esto no porque crea que eso le da mayor validez a mis puntos de vista, si no para ser completamente honesto.
Ningún otro país genera tantas controversias, ilusiones, polémicas, prejuicios, odios y admiraciones como Estados Unidos. Ninguno dispara en la conciencia tantos estereotipos e ideas preconcebidas. Al llegar aquí –eso es algo que intuí desde el momento en que bajé del avión- esos estereotipos adquieren matices, rasgos concretos y, sobre todo, complejidad. Desde ya que en tres años de estadía no me he deshecho completamente de todo el bagaje de preconceptos con el que llegué, pero la imagen es más nítida, a veces más grotesca, muchas veces frustrante y no pocas amenazante. Estados Unidos no es como lo imaginaba. En algunas cosas, es mejor, en otras,  bastante peor.   Por si fuera poco, me toca vivir en uno de los estados más conservadores del país: Carolina del Sur. Estado de historia rica, sobre la que trataré de ir discurriendo y opinando en la medida de mi ignorancia en este blog. Por dar detalles gruesos, es un estado que perteneció – y por momentos, lideró – el bloque de estados confederados que se separó del país en 1861 y dio lugar a la guerra de secesión, el gran hecho nodal de la historia de los Estados Unidos. Es el estado donde se dispararon las primeras balas de esa guerra. Es un estado con un pasado esclavista primero, de apartheid después, de racismo ahora. Sin ir más lejos, el vecindario en el que vivo – conformado por un 95% de blancos- está en estos días pletórico de banderas confederadas, símbolo de algo que llaman “southern pride” (orgullo sureño) y que para los afroamericanos es un símbolo racista. De hecho, es un símbolo racista, ya que conmemora un tiempo en el cual los blancos de este estado (y del sur en general) se alzaron en armas para defender la institución esclavista. Claro, detrás de todas estas aseveraciones hay posiciones personales, en realidad en el mundo académico existen profundas e irreconciliables disputas historiográficas.
En fin, este blog intentará reunir hechos con opiniones. Busco dar a los eventuales lectores una idea de lo que se vive en estos lugares. Como mucha gente me pregunta “que tal yanquilandia”, me decido por informarle mis puntos de vista por esta vía.  Para empezar, diré que si hay alguien que no vive en yanquilandia soy yo: aquí en el sur el término Yankee es casi un insulto. Recomiendo mirar la película “Lo que el viento se llevó” y fijarse el gesto de odio y desprecio con que Scarlett O’hara lo dice cuando se refiere a los soldados del norte. Yankees es un término que probablemente en el pasado definió a los habitantes de Nueva Inglaterra y Nueva York. Luego se amplió para incluir a todos los estados del norte que pelearon para el bando Unionista, bajo el mandato de Lincoln (los que peleaban contra la esclavitud, para decirlo en términos simples, aunque muy imprecisos). Yo vivo en el Sur. En un territorio particular con matices únicos, que no por eso, claro, me impide ver parte de los rasgos generales del país.


Como última disculpa, diré que no tengo mucho tiempo para escribir, por lo que las entradas no serán demasiado cuidadosas, sino más bien expeditivas. Espero su indulgencia y ojalá las disfruten