lunes, 17 de agosto de 2015

Freedom isn’t free II



Eso que escribí en el post anterior no es una idea mía, lo dijo o lo escribió el general Fred Weyand, último comandante americano en Vietnam: “El ejército americano es realmente un ejército popular en el sentido de que pertenece al pueblo americano… Cuándo el ejército está comprometido, el pueblo Americano está comprometido; cuando el pueblo Americano pierde su compromiso, es inútil intentar mantener al ejército comprometido ” (“The american army is really a people’s army in the sense that it belongs to the american people…when the army is commited, the american people is commited, when the american people loose their commitment, it is futile to try to keep the army committed”, la traduccion es mia).
En la sentencia, que es muy concreta y con la cual con seguridad yo coincido, se produce un interesante juegueteo e inversión de la causa en efecto y del efecto en causa: primero el ejército (digamos el gobierno, digamos las corporaciones que digitan estas cuestiones) es el que logra el compromiso del pueblo con la guerra, después el pueblo pierde el compromiso, arrastrando al ejército. Es interesante por esto: el pueblo americano no impulsa las guerras, las acepta, pasivamente tal vez al principio, activamente después, en la medida en que se convierten en una cuestión que exalta su chauvinismo, su mesianismo, hasta su mera y elemental arrogancia. En todo caso, luego, puede desentenderse, no acompañar, lo cual es también un proceso activo. Lo interesante en todo caso es entender por qué podría dejar de acompañarlas, y ahí existen una serie de visiones un tanto erróneas. La idea de que el pueblo Americano es mayoritariamente enemigo de la guerra, mayoritariamente pacifista, es una fantasía con la que a veces nosotros (los no-gringos) logramos tranquilizarnos y conciliar el sueño. Pero es falsa. El pacifismo como movimiento activo (cuyo estereotipo es el movimiento hippie) es una verdadera minucia, no existe más que como excentricidad. El pacifismo pasivo, como se sabe, es aquel que está a favor de una abstracta paz hasta que se asusta o se enoja o encuentra alguna fácil excusa para justificar la guerra y volverse un “guerrerista pasivo”: el que no dice nada, observa sin opinar, ni festeja ni sufre por la guerra. Ese ser pasivo, que por pasivo justamente es el mejor aliado de la guerra, es el Americano promedio. Después existen los guerreristas activos, los que se golpean el pecho y gritan don’t fuck with the USA, los verdaderos hijos espirituales de la nación imperial. Son una minoría, pero una minoría muchísimo más grande que la de los pacifistas activos, enormemente más grande.
Ya sé, alguno me vendrá con el movimiento de resistencia a Vietnam, la resistencia de los hippies y los universitarios, la agitación de los 60 que se volvió tumulto y violencia en los 70. Pero siempre fueron minorías. Hasta que las cifras de muertos empezaron a ascender a valores que ya no eran tan “populares”. Hasta que el juego de la guerra se hizo tan largo y tan caro en vidas (bueno, si comparamos las 60.000 bajas gringas con los dos millones y picos de vietnamitas que murieron en la guerra, sería una ganga) que mucha gente se hizo pacifista. Y sobre todo, se resignó a que no iban a ganar la guerra. Por eso nunca hubo un verdadero movimiento masivo por la paz. Lo que hubo fue miedo a morir, miedo a no ganar, cansancio con la guerra. Eso fue Vietnam.
Y ya seguiré con esto, pero los dejo con una frasecita de Westmoreland, el general que tuvo el comando de la guerra durante la mayor parte de ella: “La lección a aprender es que nunca se debe enviar a jóvenes a la guerra a no ser que haya un país respaldándolos”. Vaya si la aprendieron.



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