El título
de este post (freedom isn’t free = la libertad no es gratis) es el slogan más
popular que se escucha para congratular las aventuras militares gringas. Con eso
se pretende decir: nuestros soldados defienden, mediante la guerra, nuestra
libertad. Creo que será difícil encontrar alguien fuera de los Estados Unidos
que pueda adscribir a este disparate, pero entre gran parte (¿una mayoría?) de
la población local la fórmula parece funcionar muy bien. Por otro lado, está
perfectamente claro que no es gratis: EEUU posee un gasto militar que supera holgadamente
al de todos los demás miembros del consejo de seguridad de la ONU sumados,
convirtiéndolo en responsable de más del 40% del gasto militar mundial. Eso es
mucha plata: alrededor del 3.5% del PBI del país, más o menos 480 mil millones
de dólares, dólar más, dólar menos. Compárese eso con, por ejemplo, el PBI de
ciertos países, y se verá la desproporción. Claro, no es necesario estar en
EEUU para saber eso, pero lo que a mi realmente me interesa en este post es
contar como se vive y se siente eso en los Estados Unidos.
Hay que
decir que el ejército de los Estados Unidos es un ejército “popular”. Y siento
que cuando digo esto alguien puede pegar la reculada y pensar que me rallé,
sobre todo porque la idea de ejército popular que tenemos en general suele ser
otra: pensamos en los ejércitos de base popular, campesina y trabajadora, que en
general participaron en gestas de liberación. Este no es popular en ese sentido
–por el contrario es profesional, bien pago, e imperialista, un ejército
profesional imperialista. Pero es
popular en el sentido que le suene dar a ese término los doblajes al español de
las películas gringas: popular porque es amado y reverenciado por los
habitantes de su país, porque tiene valoración positiva, porque es querido y motivo
de orgullo. Para eso obviamente se necesita un gran cerco de prensa que oculte
a las grandes masas –abismalmente burras- las tropelías que ese ejército
comete, un patriotismo chauvinista de proporciones brutales, una buena dosis de
paranoia y miedo, y, no menor, un aparato de propaganda enorme que se derrama
con miles de mentiras por todos los rincones. Todo funciona.
Lo que en
general no se percibe tan fácilmente desde afuera –al menos yo jamás lo hubiera
imaginado así desde Argentina- es la presencia que tiene ese ejército en la
vida cotidiana. Es raro andar por la calle y no cruzarse uno o varios militares
de las diversas fuerzas perfectamente uniformado en cualquier lugar, pues así están,
por obligación, la mayoría del tiempo. Y
es imposible no ver, en patentes, calcomanías, carteles, posters, remeras,
gorras, el famoso “support our troop” , el ya mentado “freedom isn’t free” o
los carteles identificatorios de los veteranos de las distintas guerras que,
como imaginarán, abundan. A mí me ha tocado bajar de un avión y encontrarme con
cientos de soldados uniformados y con mochila listos para abordar, quien sabe a
qué punto del mundo a llevar sus misiones imperiales. O ver, como colmo y
ejemplo del que alguna vez escribiré un post aparte, marines entrenando pibes de
10 años en un “juego” que consistía en
avanzar cuerpo a tierra, simular arrojar una granada, tirar y luego correr.
Todo esto a plena luz del día, para que a nadie excepto a mí eso le pareciera
una locura.
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