martes, 11 de agosto de 2015

Freedom isn’t free




El título de este post (freedom isn’t free = la libertad no es gratis) es el slogan más popular que se escucha para congratular las aventuras militares gringas. Con eso se pretende decir: nuestros soldados defienden, mediante la guerra, nuestra libertad. Creo que será difícil encontrar alguien fuera de los Estados Unidos que pueda adscribir a este disparate, pero entre gran parte (¿una mayoría?) de la población local la fórmula parece funcionar muy bien. Por otro lado, está perfectamente claro que no es gratis: EEUU posee un gasto militar que supera holgadamente al de todos los demás miembros del consejo de seguridad de la ONU sumados, convirtiéndolo en responsable de más del 40% del gasto militar mundial. Eso es mucha plata: alrededor del 3.5% del PBI del país, más o menos 480 mil millones de dólares, dólar más, dólar menos. Compárese eso con, por ejemplo, el PBI de ciertos países, y se verá la desproporción. Claro, no es necesario estar en EEUU para saber eso, pero lo que a mi realmente me interesa en este post es contar como se vive y se siente eso en los Estados Unidos.
Hay que decir que el ejército de los Estados Unidos es un ejército “popular”. Y siento que cuando digo esto alguien puede pegar la reculada y pensar que me rallé, sobre todo porque la idea de ejército popular que tenemos en general suele ser otra: pensamos en los ejércitos de base popular, campesina y trabajadora, que en general participaron en gestas de liberación. Este no es popular en ese sentido –por el contrario es profesional, bien pago, e imperialista, un ejército profesional imperialista.  Pero es popular en el sentido que le suene dar a ese término los doblajes al español de las películas gringas: popular porque es amado y reverenciado por los habitantes de su país, porque tiene valoración positiva, porque es querido y motivo de orgullo. Para eso obviamente se necesita un gran cerco de prensa que oculte a las grandes masas –abismalmente burras- las tropelías que ese ejército comete, un patriotismo chauvinista de proporciones brutales, una buena dosis de paranoia y miedo, y, no menor, un aparato de propaganda enorme que se derrama con miles de mentiras por todos los rincones. Todo funciona.
Lo que en general no se percibe tan fácilmente desde afuera –al menos yo jamás lo hubiera imaginado así desde Argentina- es la presencia que tiene ese ejército en la vida cotidiana. Es raro andar por la calle y no cruzarse uno o varios militares de las diversas fuerzas perfectamente uniformado en cualquier lugar, pues así están, por obligación, la mayoría  del tiempo. Y es imposible no ver, en patentes, calcomanías, carteles, posters, remeras, gorras, el famoso “support our troop” , el ya mentado “freedom isn’t free” o los carteles identificatorios de los veteranos de las distintas guerras que, como imaginarán, abundan. A mí me ha tocado bajar de un avión y encontrarme con cientos de soldados uniformados y con mochila listos para abordar, quien sabe a qué punto del mundo a llevar sus misiones imperiales. O ver, como colmo y ejemplo del que alguna vez escribiré un post aparte, marines entrenando pibes de 10 años en un “juego” que consistía  en avanzar cuerpo a tierra, simular arrojar una granada, tirar y luego correr. Todo esto a plena luz del día, para que a nadie excepto a mí eso le pareciera una locura.




l

No hay comentarios:

Publicar un comentario