martes, 11 de agosto de 2015

Introduction

Después de pensarlo un tiempo, creo que el argumento más convincente para escribir acerca mi experiencia personal en los Estados Unidos es que sería muy estúpido no hacerlo. Entiendo que más temprano que tarde me lamentaré si no lo hago. Por lo demás, el único objetivo que persigo es dejar un testimonio personal -absolutamente personal, léase: de una subjetividad absoluta – de vivencias y experiencias, así como de pensamientos y reflexiones. A fin de sincerarme desde el minuto cero con el eventual lector de estas líneas, diré que mi opinión es la de una persona que toda su vida ha tenido una visión absolutamente crítica de los Estados Unidos. Un tipo de izquierda, digamos. Un tipo que cree que efectivamente el imperialismo existe y que este es un país imperial, cuyo efecto sobre el desarrollo histórico de otros países es distorsivo, pernicioso. Menciono esto no porque crea que eso le da mayor validez a mis puntos de vista, si no para ser completamente honesto.
Ningún otro país genera tantas controversias, ilusiones, polémicas, prejuicios, odios y admiraciones como Estados Unidos. Ninguno dispara en la conciencia tantos estereotipos e ideas preconcebidas. Al llegar aquí –eso es algo que intuí desde el momento en que bajé del avión- esos estereotipos adquieren matices, rasgos concretos y, sobre todo, complejidad. Desde ya que en tres años de estadía no me he deshecho completamente de todo el bagaje de preconceptos con el que llegué, pero la imagen es más nítida, a veces más grotesca, muchas veces frustrante y no pocas amenazante. Estados Unidos no es como lo imaginaba. En algunas cosas, es mejor, en otras,  bastante peor.   Por si fuera poco, me toca vivir en uno de los estados más conservadores del país: Carolina del Sur. Estado de historia rica, sobre la que trataré de ir discurriendo y opinando en la medida de mi ignorancia en este blog. Por dar detalles gruesos, es un estado que perteneció – y por momentos, lideró – el bloque de estados confederados que se separó del país en 1861 y dio lugar a la guerra de secesión, el gran hecho nodal de la historia de los Estados Unidos. Es el estado donde se dispararon las primeras balas de esa guerra. Es un estado con un pasado esclavista primero, de apartheid después, de racismo ahora. Sin ir más lejos, el vecindario en el que vivo – conformado por un 95% de blancos- está en estos días pletórico de banderas confederadas, símbolo de algo que llaman “southern pride” (orgullo sureño) y que para los afroamericanos es un símbolo racista. De hecho, es un símbolo racista, ya que conmemora un tiempo en el cual los blancos de este estado (y del sur en general) se alzaron en armas para defender la institución esclavista. Claro, detrás de todas estas aseveraciones hay posiciones personales, en realidad en el mundo académico existen profundas e irreconciliables disputas historiográficas.
En fin, este blog intentará reunir hechos con opiniones. Busco dar a los eventuales lectores una idea de lo que se vive en estos lugares. Como mucha gente me pregunta “que tal yanquilandia”, me decido por informarle mis puntos de vista por esta vía.  Para empezar, diré que si hay alguien que no vive en yanquilandia soy yo: aquí en el sur el término Yankee es casi un insulto. Recomiendo mirar la película “Lo que el viento se llevó” y fijarse el gesto de odio y desprecio con que Scarlett O’hara lo dice cuando se refiere a los soldados del norte. Yankees es un término que probablemente en el pasado definió a los habitantes de Nueva Inglaterra y Nueva York. Luego se amplió para incluir a todos los estados del norte que pelearon para el bando Unionista, bajo el mandato de Lincoln (los que peleaban contra la esclavitud, para decirlo en términos simples, aunque muy imprecisos). Yo vivo en el Sur. En un territorio particular con matices únicos, que no por eso, claro, me impide ver parte de los rasgos generales del país.


Como última disculpa, diré que no tengo mucho tiempo para escribir, por lo que las entradas no serán demasiado cuidadosas, sino más bien expeditivas. Espero su indulgencia y ojalá las disfruten

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