Después de pensarlo un tiempo, creo que el
argumento más convincente para escribir acerca mi experiencia personal en los
Estados Unidos es que sería muy estúpido no hacerlo. Entiendo que más temprano
que tarde me lamentaré si no lo hago. Por lo demás, el único objetivo que
persigo es dejar un testimonio personal -absolutamente personal, léase: de una
subjetividad absoluta – de vivencias y experiencias, así como de pensamientos y
reflexiones. A fin de sincerarme desde el minuto cero con el eventual lector de
estas líneas, diré que mi opinión es la de una persona que toda su vida ha
tenido una visión absolutamente crítica de los Estados Unidos. Un tipo de
izquierda, digamos. Un tipo que cree que efectivamente el imperialismo existe y
que este es un país imperial, cuyo efecto sobre el desarrollo histórico de
otros países es distorsivo, pernicioso. Menciono esto no porque crea que eso le
da mayor validez a mis puntos de vista, si no para ser completamente honesto.
Ningún otro país genera tantas controversias,
ilusiones, polémicas, prejuicios, odios y admiraciones como Estados Unidos.
Ninguno dispara en la conciencia tantos estereotipos e ideas preconcebidas. Al
llegar aquí –eso es algo que intuí desde el momento en que bajé del avión- esos
estereotipos adquieren matices, rasgos concretos y, sobre todo, complejidad.
Desde ya que en tres años de estadía no me he deshecho completamente de todo el
bagaje de preconceptos con el que llegué, pero la imagen es más nítida, a veces
más grotesca, muchas veces frustrante y no pocas amenazante. Estados Unidos no
es como lo imaginaba. En algunas cosas, es mejor, en otras, bastante peor. Por si fuera poco, me toca vivir en uno de
los estados más conservadores del país: Carolina del Sur. Estado de historia
rica, sobre la que trataré de ir discurriendo y opinando en la medida de mi
ignorancia en este blog. Por dar detalles gruesos, es un estado que perteneció
– y por momentos, lideró – el bloque de estados confederados que se separó del
país en 1861 y dio lugar a la guerra de secesión, el gran hecho nodal de la
historia de los Estados Unidos. Es el estado donde se dispararon las primeras
balas de esa guerra. Es un estado con un pasado esclavista primero, de
apartheid después, de racismo ahora. Sin ir más lejos, el vecindario en el que
vivo – conformado por un 95% de blancos- está en estos días pletórico de
banderas confederadas, símbolo de algo que llaman “southern pride” (orgullo
sureño) y que para los afroamericanos es un símbolo racista. De hecho, es un
símbolo racista, ya que conmemora un tiempo en el cual los blancos de este
estado (y del sur en general) se alzaron en armas para defender la institución
esclavista. Claro, detrás de todas estas aseveraciones hay posiciones
personales, en realidad en el mundo académico existen profundas e
irreconciliables disputas historiográficas.
En fin, este blog intentará reunir hechos con
opiniones. Busco dar a los eventuales lectores una idea de lo que se vive en
estos lugares. Como mucha gente me pregunta “que tal yanquilandia”, me decido
por informarle mis puntos de vista por esta vía. Para empezar, diré que si hay alguien que no
vive en yanquilandia soy yo: aquí en el sur el término Yankee es casi un
insulto. Recomiendo mirar la película “Lo que el viento se llevó” y fijarse el
gesto de odio y desprecio con que Scarlett O’hara lo dice cuando se refiere a
los soldados del norte. Yankees es un término que probablemente en el pasado
definió a los habitantes de Nueva Inglaterra y Nueva York. Luego se amplió para
incluir a todos los estados del norte que pelearon para el bando Unionista,
bajo el mandato de Lincoln (los que peleaban contra la esclavitud, para decirlo
en términos simples, aunque muy imprecisos). Yo vivo en el Sur. En un
territorio particular con matices únicos, que no por eso, claro, me impide ver
parte de los rasgos generales del país.
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